Para que haya paz, antes habrá guerra

Para que haya paz, antes habrá guerra
Rita

martes, 29 de enero de 2013

Ruinas:

Destrozado, muerto y apaleado.  
¿Quién iba a querer un corazón así?
Nadie. 
¿Por qué?
Arreglarlo conllevaría demasiado tiempo y esfuerzo, incluso podría no resultar efectivo. 
Por todo esto y más razones, nunca nadie quiso ayudarme. Era demasiado difícil para la gente que prefería lo fácil y sencillo, estaba cansada de esperar a la persona que pudiera gastar su tiempo en mi. 
¿Acaso yo no lo merecía tanto o más que el resto?
Parece ser que no.
Todos eran felices a mi alrededor, hasta el más feo había encontrado a alguien con quien compartir su vida. Pero yo no, yo seguía siendo la oveja negra a quien nadie quería, la mancha en el pañuelo, el agujero en el pecho. 
¿Quería serlo?
Si...No...Nunca lo supe, era esa pregunta sin respuesta a la que todos nos enfrentamos, a la que nunca respondemos por una razón o por otra.
¿Seguía sufriendo sin motivo?
Claro, era lo que había aprendido con el paso de los años.
¿Quería huir?
No lo quería, lo deseaba a cada momento de mi vida.
¿Huí?
No, simplemente dejé que las cosas pasaran tal y como estaban predestinadas.
¿Qué pasó?
Nadie me ayudó nunca, me guió el instinto y decidí desaparecer.
¿Cómo?
Yendo al lugar donde encontraría el fin a todo.
¿Cuál es ese lugar?
...sh, es un secreto, pero son tus labios.

Días de muerte y vida: 

Podía seguir mirando al cielo esperando a que algo pasara, pero como bien sabía, no iba a pasar nada. 
¿A qué esperaba? Sinceramente, ni ella lo sabía. Algo la había llevado a ese lugar, a mirar a esa luna llena y vacía a la vez en medio de aquel prado. 
Era tarde, claro que no debía haberse marchado sin más de aquella cena; sus padres estarían enfadados durante meses, habían preparado aquello con meses de antelación. Pero ella no quería estar ahí ni mucho menos, sólo quería poder encerrarse de nuevo en su habitación con sus converses favoritas en la cama jugando a matar mientras ahogaba a la sociedad con sus cascos.
Y algo la impulsó a deshacerse de aquel vestido pijo y pomposo que le habían puesto a la fuerza, quedándose con sus vaqueros, sus converse y la camiseta que nunca se quitaba, en la que ponía el nombre de la única persona que la había comprendido y dejado libertad para actuar a sus anchas.
Suspiró sentándose en lo más alto del prado, cruzando las piernas y sacando su móvil de una de las deportivas. Cómo echaba de menos recibir sus mensajes tiernos, sus 'te quiero' y sus bromas. No quería volver a llorar por haberle perdido, así que comenzó a quitar descuidadamente trozos de hierba, mirando de nuevo a la luna en un esfuerzo de contenerse.
Ya no recordaba como había perdido a ese trocito de su alma, sólo recordaba su marcha y el frío que sintió, ese que se coló en sus huesos para seguir presente a cada momento de su vida. Inspiró lentamente y se quitó el pelo de la cara, dejando el camino libre a una lágrima que recorrió su mejilla lentamente, de manera casi agónica. Quería recordar como era sentirse bien, ser ella misma sin que nadie le dijera lo que debía hacer, no ocultar que en realidad sentía asco por todo lo que le decían...
No pudo aguantarlo más y se refugió entre sus piernas, llorando con rabia y miedo, pensando que sólo la luna la vigilaba. La luna la vigilaba, es cierto, pero también había alguien a sus espaldas que sintió como el corazón se le encogía en el pecho al ver a la chica más fuerte que conocía llorando como si no hubiera mañana. Él se acercó lentamente por detrás, en silencio, conteniendo la respiración por miedo a ser descubierto. Pero no la tocó, ni siquiera la rozó, cuando ella paró de llorar y se limitó a mirar al cielo como si tuviera la respuesta a lo que le rondaba la cabeza.
Él sonrió y se agachó a espaldas de la chica, la rodeó con sus brazos y susurró en su oído: 'Te quiero pequeña'
Ella se tensó un instante al notar que el calor del individuo penetraba en sus huesos y que la voz tan dulce la calmaba haciéndola sonreír. Se dejó caer en sus brazos y cerró los ojos, deseando que no fuera un sueño, que él hubiera vuelto de verdad. No quiso abrir los ojos ni cuando notó que él daba un beso suave en su frente, como hacía cuando quería decir te quiero sin palabras; tampoco cuando el collar que ella le había regalado rozó su nariz al incorporarse. Pero cuando notó que el cuerpo de él se quedaba frío abrió los ojos asustada, temiendo que si fuera un sueño y él fuera desaparecer.
Ahí estaba él con su sonrisa acariciando sus brazos para darle calor, mirándola como si fuera el máximo trofeo que nadie pudiera ganar. No le dijo nada, sólo la miró a los ojos y acarició su mejilla, quitándole de la cara un mechón que había escapado. Ella se dio la vuelta suavemente, temiendo que un movimiento brusco pudiera alterar la tranquilidad y rodeó temblorosa su cuello, mirándole aún a los ojos. Él puso los ojos en blanco, sabía que ella lo odiaba, pero lo hizo y la rodeo la cintura, acercándola a su abrazo.
Ella sonrió y dejó de pensárselo, cerró los ojos y se lanzó a la boca del chico, acariciándola con sus labios suavemente, con delicadeza.
Pero eso no era todo, él la abrazó con fuerza y la devoró, quedándose sin respiración, No necesitaban palabras, pero sabían que aquella vez alguna iba a ser pronunciada.
Al menos eso sabía ella. Pero no, aquello no era verdad. Abrió los ojos y siguió mirando a la luna, alejando la dulce fantasía. Se tumbó en la hierba y tiró el móvil, gritó con todas sus fuerzas pidiendo una explicación que nunca llegó, que nunca fue oída y mucho menos respondida.

Cuando al amanecer el sol calentó el cuerpo de la joven, ya no había nada.